La militarización no es una opción.

La militarización no es una opción.

Ciudad violenta, siendo los barrios populares y los jóvenes las principales víctimas. Digo sus principales víctimas, ya que de entrada son los protagonistas por excelencia de esta situación. Si bien desde los medios masivos de comunicación se catalogan a dichas comunidades como los agentes de la delincuencia, el robo, el asesinato, son quienes ponen la sangre que baña los callejones y las esquinas de esta Medellín asesina.

Desde la misma creación de los llamados barrios de invasión, la principal atención recibida por la institucionalidad ha sido la que se encuentra sobre las botas de guerra y los fusiles bendecidos en los cuarteles por sus capellanes. Cada año la cifra de homicidios en la ciudad y en cada comuna se convierte en un verdadero show mediático, invitando a expertos y autoridades a que nos cuenten de sus importantes y exitosas estrategias con las cuales han disminuido las cifras, pues en últimas solo eso son los miles de jóvenes que mueren en estas calles.

En 2014, según las cifras, se presentaron menos de 13.000 asesinatos, lo cual ha sido histórico, y desde 1984 no se registraban datos parecidos. Una de las estrategias resaltadas fue “la mayor presencia policial en calles y carreteras, con 70.000 uniformados en labores de registro y control.” Vemos, pues, que la militarización es la fórmula preferida para contrarrestar las muertes violentas, algo totalmente contradictorio y que cuestiona la voluntad de acabar con la guerra. (Tomado de: http://www.eltiempo.com/politica/justicia/cayo-cifra-de-homicidios-en-colombia/15050055)

La mayor presencia de agentes armados en nuestros barrios implica una agudización de la guerra; los abusos de autoridad, el ambiente de tensión y las constantes confrontaciones con la comunidad hacen que el clima en vez de paz, sea de guerra. Sin embargo la militarización no hace solo referencia a la presencia de agentes armados en nuestros territorios, hemos visto como la implementación de cámaras, por ejemplo, nos convierte en barrios vigilados las 24 horas, lo que ha implicado la presencia del Metro de Medellín en la comuna, lo cual ha reforzado la cultura de la obediencia ciega, el disciplinamiento y el control.

Otra forma, aún más evidente de cómo vivimos la militarización es el control paramilitar en el cual nos encontramos. La implementación del paramilitarismo es considerada por muchos, y en eso estamos de acuerdo, como la degradación del conflicto político y armado que vive Colombia hace ya 50 años. Degradación que no solo la entendemos con la injerencia del narcotráfico, también ha sido la implementación de la guerra sucia, reflejada en los bombardeos, las fumigaciones, las masacres o el asesinato de líderes populares. La degradación del conflicto fue la creación de un nuevo ejército, lo cual ha salido más costoso y degradante que buscar soluciones políticas.

Ha sido el desespero y la miseria las condiciones en que se crearon los primeros barrios de las periferias marcando una fuerte identidad de lucha, no en vano muchos de estos barrios se llamaron inicialmente Marquetalia, Moscú, Fidel castro, barrio Lenin, o escuelas como la María Cano que han fortalecido los lazos comunitarios con el legado que viene del mundo rural. El militarismo llegó a romper esta tradición a sangre y fuego apoderándose de las esquinas, de los parches de los muchachos de antes y de los verdaderos líderes populares.

Con cada proyecto vienen primero los hombres armados y luego los funcionarios, es algo que estamos viendo con la construcción del Jardín Circunvalar o Cinturón Verde. Primero construyeron los CAI periféricos, luego vienen los desalojos, para finalmente construir sobre la sangre derramada una bonita ciudad de servicios y turismo.

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